No había leído buenos comentarios sobre La última astronave de la Tierra, de John Boyd, no porque fuera mala, sino sencillamente porque no hay mucho escrito en la red sobre esta novela. La única que encontré decente fue la de Juan Carlos Planells, publicada en el número 127 de Nueva Dimensión, del año 1980 (¡Casi ná!), en forma bastante elogiosa. Me resistí a leerla, aunque ahora no recuerdo el motivo. Boyd, pseudónimo de Boyd Bradfield Upchurch, es uno de esos escritores que aparecieron en el panorama de la ciencia-ficción como un paracaidista: a los cincuenta años dio rienda suelta a su vocación oculta. Y aprovechó un tema que nunca pasa de moda, el sexo, como Philip José Farmer. A La última astronave de la Tierra (1968), le siguieron Mercader de inteligencia (1972) –sobre la potenciación de la inteligencia- y Los polinizadores del Edén (1979)-las flores utilizando a los humanos como fecundadores-.

SEGUIR LEYENDO EN IMPERIO FUTURA (abre otra página) 
Publicado por Jorge Vilches el 21 jul 2013 0 comments [Más...]
Podeis ver el trailer desde Por si Acaso: Previniendo Desastres

El poster obra de Alex Ross para la San Diego Comic Con:


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(de nuevo, desde los primeros números de la Revista Planetas Prohibidos, seguimos recuperando trabajos)

Idea para un cuento

Texto: Juan Manuel Valitutti
Ilustración: Komixmaster (Rodolfo Valenzuela)

a H.G.W

            —...Bien, llegamos a la última pregunta.
            —¿La última?
            —Así es.
            —¿Y luego, usted...?
            —Me marcharé, sí. Tengo que hacerlo alguna vez, ¿no le parece?
            —Sí, supongo que sí. Bueno, ¿cuál es la pregunta?
            —¿Cómo se le ocurre la idea para un cuento?
            —¡Ah, eso! No lo sé exactamente. Puede ser cualquier cosa: una imagen en una revista, una palabra leída al azar en un libro... Algunas veces he soñado la trama entera de un cuento. ¿Sabe? Yo siempre recuerdo los sueños. En fin, una circunstancia cualquiera puede ser propicia, como si el cuento mismo nos esperara a la vuelta de la esquina... Nada extraordinario, ¿no lo cree?
            Los dos hombres, entrevistador y entrevistado, se sostuvieron la mirada por encima del escritorio que los separaba.
            Un reloj de chimenea se deshizo en las notas de su carrillón.
            —¿Es todo?  —inquirió el entrevistador.
            —Sí —contestó el entrevistado.
            —Muy bien, Salvatore Nicoletti —dijo con parsimonia el entrevistador—. Entonces, hemos terminado.
            Nicoletti se sintió torpe, no sabía qué hacer.
            —Ahora que lo pienso —amagó—, no he observado que usted utilizara alguna clase de... dispositivo de almacenamiento, durante el desarrollo de la entrevista.
            —No se requiere. Contamos con micro-implantes de archivo en determinados puntos del cuerpo que nos garantizan un trabajo más holgado, al tiempo que evitan que el entrevistado se cohíba. No se preocupe, me llevo el registro de su voz e imagen completo.
            El entrevistador echó la silla para atrás y se puso en pie. Se separó unos pasos del escritorio y colocó un pequeño dispositivo, del tamaño de un botón, sobre el entarimado de pinotea. Lo presionó con la punta de su zapato, y un espectro lumínico oval, de una consistencia lechosa, se materializó ante él.
            —Se va por donde vino —dijo Nicoletti, por decir algo.
            El entrevistador se volvió a medias.
            —Así parece, Salvatore Nicoletti.
            —¡Si me habré llevado el susto de mi vida hace unas horas cuando lo vi a usted emerger de ese ovoide! —Nicoletti quería sonar risueño, pero el tono delataba su ansiedad—. ¿Quiere... algo? ¿Quiere un vaso con agua? Ya sabe: para el viaje.
            —No es necesario —dijo el entrevistador—. Cuando cruce el umbral estaré en el living de mi casa, a un paso de servirme un buen Cabernet cosecha 2113. ¡Buen año, créame!
            —Sí, claro... —Nicoletti se mordió el labio, gesto que lo acompañaba con cada reflexión—. ¿Y luego? ¿Visitará a otros escritores?
            —Lo haré —dijo el entrevistador, al tiempo que consultaba una pequeña libreta transparente de notas—. ¡Claro que lo haré!
            —¿Puedo saber quién es el próximo?
            —No veo por qué no —dijo el entrevistador—: Se trata del señor Herbert Georges Wells.
            —¡Oh! —Salvatore Nicoletti enmudeció. ¿En serio pensaban que era tan importante, hasta el punto de anteponerlo al enorme Wells? Tenía treintaicinco años y una prominente carrera como escritor, pero, ¿era para tanto? 

            Y, sin embargo, este hombre, este “viajero del tiempo”, había atravesado los años hasta llegar a él, con el objetivo de entrevistarlo. Y otro tanto haría luego: viajaría al pasado, a uno y otro siglo, llevando a cabo su labor: ¡Entrevistar a los grandes hacedores de la Literatura Universal!

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LEGADOS; Javier Pellicer

FICHA TÉCNICA
 Título: Legados
Autor: Javier Pellicer
Prólogo: Rubén Serrano
Imagen de portada: Antonio J. Manzanedo
Editorial: Holocubierta Ediciones
Fecha de edición: Junio 2013
ISBN: 978-84-15763-07-9
Depósito legal: GU-040-13
Edición: Rústica con solapas
Formato: Interior 150 x 230 mm
Páginas: 424
Precio: 16,00 €
SINOPSIS:

El mundo está en paz. Una paz relativa, tensa y constantemente al borde de un precipicio oscuro. Los elfos de Esmeril, los enanos de Moru y los humanos de Reino Bosque, Salmanasar, Ungoloz y otros países del continente de Valion, conviven en una aparente calma apenas rota esporádicamente por algunas razas hostiles, como los orcos. Decenas de aventureros recorren los caminos dedicados a la realización de hazañas que les reporten fama y grandes tesoros. Pero muy pocos intuyen la tormenta que está por venir, y que pondrá en peligro todo lo existente.

En Moru, Bainis de Robleda, hijo de un gran héroe pero criado entre enanos, será señalado por el destino como portador de la piedra mágica Decadencia, corruptora de toda vida. Y en Marvalar, la gran capital de Reino Bosque, la joven Thalla, perteneciente a la mayor institución religiosa del mundo, tendrá que enfrentar su fe a la necesidad ante la llegada de Prosperidad, la runa que otorga vida y abundancia. Ambos adolescentes, con la ayuda de otros compañeros, tendrán que encontrar el modo de librar a todas las tierras de los efectos de las piedras arcanas, sin imaginar que estas son mucho más de lo que aparentan. Pero su misión irá más allá de erradicar un mal superior a la concepción de los mortales, pues deberán enfrentarse también a su pasado, a ese legado heredado que tanto pesa en sus corazones, y del que dependerá en buena parte el futuro de todo el universo.

Javier Pellicer, autor de la aclamada “El espíritu del lince”, llevará al lector de la mano en un viaje épico por el mundo del exitoso juego de rol, de creación española, “Aventuras en la Marca del Este”. Siguiendo la estela de los relatos creados para las antologías “Crónicas de la Marca del Este”, el autor recupera a sus personajes más carismáticos: Talfin el enano, Darlak el Último Valaryo y el arqueólogo gnomo Papiro, incorporando a su vez otros nuevos. Un homenaje en toda regla al mundo del rol más clásico, así como a la literatura fantástica de aventuras que tanto marcó a varias generaciones de lectores del género.

Publicado por JAVIER el 20 jul 2013 2 comments [Más...]
Ficha técnica
Autor: Luis Guallar
Género: Narrativa/Terror.
Páginas: 266
Formato: 148 x 210 mm. 
Portada a color (300 gr.) 
laminado mate con solapas. 
Interior papel novela (80gr.) en B/N. 
Encuadernación fresada.
Fecha de publicación: mayo 2013
EL PUENTE DEL DIABLO; de Luis Guallar
 (TYRANNOSAURUS BOOKS)

SINOPSIS:

Ya hace casi un año que Iván y Diana se marcharon de la gran ciudad y se mudaron a su nuevo hogar, una casa situada en las afueras de un tranquilo pueblecito. Es la casa de sus sueños y la suerte parece sonreírles desde entonces: no les falta trabajo, se llevan bien con su vecino de al lado y sus máximas preocupaciones son una cerca demasiado baja y tener que cuidar de Judas, un simpático pastor alemán.

Una mañana, sin embargo, una espesa niebla llega de las montañas e inunda todo el pueblo; con ella aparece una misteriosa visitante, una anciana inquietante a la que parecen obedecer los animales.
 ¿Quién es? ¿Qué es lo que quiere? Pronto se darán cuenta de que esa mujer que les visita por las noches e insiste en que la dejen entrar no es lo que parece, que no va a aceptar un no por respuesta, que está dispuesta a todo para conseguir su objetivo... Y que utilizará a su antojo a quien haga falta.

OPINIÓN:

En primer lugar, tengo que decir que por encima de todo, y lo que a mi parecer ha conseguido con gran acierto el autor, es una magnífica ambientación. Más que los sucesos propiamente narrados, el pequeño pueblo y su avejentada población por un lado, y la joven pareja recién instalada en dicho pueblo por otro; de ese contraste entre una población rural y anciana y la joven pareja de artistas urbanitas, unido a la remota situación del pueblo, junto con las leyendas que en torno a él circulan, saca el autor la materia, la base donde situará el relato propiamente dicho.

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Números SEGUNDO y TERCERO de la colección Órbitas Prohibidas.
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Publicado por Planetas Prohibidos el 17 jul 2013 0 comments [Más...]
(de Revista Planetas Prohibidos 2)

AMARILLO
Texto: Roberto Redondo
Ilustración: Pedro Belushi

Tengo miedo de volver a coger el metro. Mierda. Creí que ya lo tenía superado. Ha pasado mucho tiempo. Hasta el recuerdo empezaba ya a difuminarse, lento, pero lo hacía. Y aunque el rincón delator de mi cabeza siempre hiciera sonar las alarmas, cada vez conseguía mantenerlas más tiempo anuladas.
Y al rincón… arrinconado.
Mierda.

Es inevitable. Tengo que subir a ese vagón. Me lo ha dicho el doctor Leader. Yo creo que se equivoca. Deberíamos haber esperado un poco más. Ya no quedaba mucho para ver convertida la memoria en pesadilla…
Pero se ha empeñado.
Y yo siempre hago caso al doctor Leader.
Va a ser poca cosa. Un trayecto corto. Subiré en Calidier y me apearé en Durúball. Tres paradas. Cinco minutos. Nada.
Pero da igual; los fantasmas regresan a marchas forzadas. Mierda.
Lo pienso muchas veces. No es que yo fuera demasiado débil; les aseguro que cualquiera también se habría vuelto loco después de ver aquello. Eso sí, en mi favor debo señalar que a la explicación de los hechos dada por Fact-Elbart jamás le di el menor crédito; sólo me habría faltado tener en cuenta las ridículas teorías de otro demente.
Pero no, no quiero rememorarlo. Si lo hago perderé otra vez el control de mi cordura. Me ahogaré. Joder, mierda.

Me levanté tranquilo esa mañana. Más de lo normal. Habían pasado trece días desde que Lienna me dejara. Comenzaba a ver el mundo en orden otra vez. Graarl y Triara habían ya levantado el cerco protector en torno a mí que tanto había agradecido. Desde luego mis padres biológicos no se habrían portado conmigo mejor que lo que ellos lo hacían, esa cuestión la tuve clara desde que, con cinco años, adquirí conciencia de mi condición de adoptado desde los dos.
Sólo les faltaba, para ser perfectos, que algún día me regalasen aunque fuera un solo dato relativo a mis orígenes.
Pero… mierda. Estábamos con otra cosa.

Salí a la calle y la lluvia me brindó su saludo matutino. No la había esperado. Era demasiado temprano para subir persianas y la temporada demasiado cálida como para ser propicia al aguacero. No dejé que afectara a mis ánimos. Mucho esfuerzo puesto en juego para verlo arruinado por algo tan circunstancial como el agua cayente del cielo.
Me lancé a la calle sin paraguas y avancé lo más rápido posible, saltando entre charco y charco. La gente a mi alrededor hacía lo mismo, pero por el rabillo del ojo intuí que la mayoría sí portaba el útil artículo “antilluvia”.
No tardé en llegar a la estación. Enseguida me puse a cubierto. Validé mi billete y, allí sí, levanté la vista por primera vez de manera fugaz. Si no hubiera estado ridículamente entretenido en sacudirme el agua de la ropa quizá me habría percatado entonces de algún detalle que me pusiera sobre aviso en relación a lo que se avecinaba.
Pero estaba demasiado ocupado en mis pequeñas cosas, como siempre suele pasarme.

Una vez en el andén volví a mirar a mi alrededor. Allí estaba la primera pista, y sin embargo yo no supe trasladarla a las zonas de mi cerebro donde a esa hora se desarrollaba la actividad consciente.
Nunca he sido muy avispado, esa es la verdad.
Todos mis transitorios y efímeros compañeros de condición, las personas que me rodeaban tanto en mi propio andén como en el de enfrente me ocultaban sus rostros de la más variada de las formas. Unos sencillamente me daban la espalda; otros inclinaban la cabeza mientras leían el periódico, algún libro…; otros cuantos escondían los ojos bajo el ala ancha de sus mojados sombreros. Unos pocos más lo hacían tras el velo de sus párpados, acaso simulando el sueño.

Como digo, en aquel momento no advertí nada anormal en aquella visión. Sólo lo acabé relacionando tiempo después, en una de las múltiples charlas que mantuve con el doctor Leader durante mi estancia en el psiquiátrico.
El convoy entró en la estación a velocidad decreciente, cubrió el apeadero y se detuvo por completo. Recuerdo haber buscado el rostro del maquinista al pasar a mi lado —es sólo otra más de mis extrañas costumbres—. El hombre miraba también hacia abajo, supuse que concentrado en el manejo de los mandos que presidían su puesto.
La apertura hidráulica atronó y las puertas se abrieron, como fauces de león hambriento. Me introduje y me dirigí raudo hacia uno de los escasos sitios libres que a esa hora y en mi parada se suelen encontrar. Nada pasaba allí dentro que se saliera de lo normal. Lo único destacable era la misma situación que se había dado en el interior de la estación: ninguno de los demás viajeros me cedía la oportunidad de atisbar su rostro, disimuladamente ocultos a mi visión merced a un sinfín de artimañas, aunque ninguna de ellas se desmarcara de los límites que determina lo corriente.
Por lo que yo me mantenía en mi permanente estado de ausencia.
No sé cuánto tiempo había pasado. Creo que no habían sido más de cuatro o cinco paradas.
Fue entonces cuando los vi.
Eran los ojos. Los ojos de la persona que tenía sentada frente a mí. No puedo decir si era hombre o mujer. Ya no había individuo, sólo había… ojos.
Eran enormes, lo inundaban todo y, esta vez sí, me miraban. Me miraban a mí y sólo a mí. Lo hacían sin pestañear. En realidad aquellos ojos parecían no haber pestañeado en su vida. Eran amarillos, de ese onírico color que en todo momento ha tiranizado mis sueños. Odio el amarillo, siempre lo he odiado. Toda la vida lo he relacionado con el mal fario, mucho más desde la muerte de mi amiga Santura a manos de un psicópata oculto bajo un chubasquero… amarillo. 

En un principio no me asusté. Era tal el magnetismo con que aquella mirada me atrapaba que no fui capaz de pensar ni de sentir ninguna otra cosa. La opción era saltar dentro de ese nuevo universo o salir corriendo hacia la nada.
Tomada mi decisión fue cuando al fin el terror anidó en mi alma. No podía escapar. Quise levantarme, desviar la mirada. Me fue imposible. Me hallaba atado a aquellas dos esferas implacables que pronunciaban mi nombre con voz silente, pero de alguna manera embriagadora. Con un atisbo de entendimiento residual lo advertí: no eran sólo los ojos delante de los míos los que extendían sus redes maléficas; todos los demás sujetos presentes en el vagón también dirigían sus turbias y amarillentas miradas hacia mi persona.
La realidad entera conspiraba contra mí.
Así que salté. No tuve otro remedio. De un potente brinco me adentré en el Amarillo.

Era un paisaje de terror. Una tierra yerma e inhóspita en la que reinaban dos soles negros, tan enormes e inabarcables como la mismísima muerte. Quise dirigirme hacia ellos. Parecían la única tabla de salvación entre tanta opresión ambarina. Sin embargo no era posible alcanzarlos. Estaban ahí, a unos pasos, pero no había manera de avanzar. Mis pies habían quedado aferrados a un suelo tan plasmático como ondulante. Al modo de las arenas movedizas fui introduciéndome en el abismo. La atmósfera era pegajosa, ardía. No había signos de vida, tan sólo la espantosa certeza de que una presencia maldita se empeñaba en absorber mi cuerpo y mi espíritu. La grumosa sustancia me cubría ya hasta la cintura.
Quise gritar, pedir ayuda.
Pero la voz se me ahogaba en la garganta.

Cuando comencé a estar seguro de que el fin estaba próximo, fue cuando lo vi.
Un ente amorfo y amarillo se acercaba a mí desde la incomprensible distancia. No supe si caminaba, si volaba o era simplemente que avanzaba buceando en mitad de unas aguas sinuosas y adhesivas.
Lo único seguro era que cada vez estaba más cerca.
Paralizado ahora también por el pánico, quise entrever algún rasgo definitorio en aquella imagen móvil. Impensable. Pronto advertí que su propia figura cambiaba de forma como barro amasado por manos invisibles. No era posible adjudicarle parecido alguno con criatura o sustancia conocidas.
Pero algo me dijo con meridiana claridad que era a mí a quien aquel organismo buscaba. Y que no lo hacía con ánimos amigables también era evidente.
Al fin has venido, escuché en mi mente aunque no fuera una voz lo que hablara.
Publicado por JAVIER el 14 jul 2013 0 comments [Más...]
Tras todo este fructífero tiempo, en Planetas Prohibidos hemos pensado se podría intentar dar un paso más.  Para ello, existe la posibilidad de acometer ciertos proyectos que creemos serían muy interesantes.

Su finalidad principal sería la de aumentar el alcance y el número de seguidores, lo que sería bueno para nuestros autores y colaboradores. En conjunto, estimularía la participación y a la larga, nuestros lectores esperamos que también se vean recompensados con nuevos contenidos.
Publicado por Planetas Prohibidos el 11 jul 2013 0 comments [Más...]
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Presentamos otro texto, extraído del número 1 de Planetas Prohibidos; en esta ocasión, un relato escrito por magnus Dagon, e ilustrado por J. A . Marchan.


La pared acristalada 

Texto: Magnus Dagon
Ilustración: J. A Marchan

¿Cómo lo han hecho?, se preguntaba una y otra vez. ¿Cómo lo han conseguido? Esas preguntas estaban siempre presentes en su mente, como un mantra incansable que no parecía dispuesto a dejarle descansar. Se sentó en una esquina y se rió lentamente. Era una risa tenebrosa, en nada alegre, que ponía los pelos de punta. Sin embargo no sonaba en modo alguno maligna. Sonaba a desesperación, a intento por encontrar la gracia a una situación insostenible.
            No voy a mirar, se dijo. Esta vez no. Pero miró. Como todas las veces anteriores. Al fin y al cabo no había mucho más que mirar. Estaba encerrado en una celda prismática, de unos seis por tres por tres metros, aislada de todo sonido exterior. Las paredes eran lisas, planas, sin ninguna rugosidad, sin ninguna tubería, ninguna puerta, ningún acceso. Nada. Todas eran de color azul cielo, al igual que las paredes y el techo, salvo una de ellas, que era transparente. Cuando la vio por primera vez pensó que al otro lado habría montones de ellos, montones de esas cosas escudriñándole, observándole como a un bicho raro, un sorprendente especimen que radiografiar de arriba abajo. Pero no fue así.
Al otro lado estaba su casa.

Razonó que era imposible que la hubieran podido reproducir con tanta exactitud. Y entonces, dentro de su casa, se vio a sí mismo. La lógica perdió todo sentido. Se veía entrar, moverse de un lado para otro nervioso, alterado, como esperando algo. De repente comprendió que estaba viendo un recuerdo de su pasado, algo que ya había ocurrido antes. Algo que no querría volver a ver jamás. Allí estaba ella, igual de hermosa que siempre, entrando tal y como lo hizo aquel día, de manera lenta y triste, sabiendo que algo tenía que cambiar. Él sabía que algo iba mal, llevaba tiempo notándolo, pero no quería decir nada, no quería romper el espejismo en que estaba viviendo, perder al ser que más había amado jamás. Ella era consciente de lo que él sentía, pero su decisión era irrevocable: se iba. Él empezó a rogar, a pedir una segunda oportunidad. Pronto los ruegos se convirtieron en súplicas y éstos en rencores. Discutieron durante horas. Se envenenaron con las palabras que dijeron, se odiaron el uno al otro pero sobre todo se odiaron a sí mismos por haber llegado a ese extremo. Finalmente, ella decidió marcharse para no volver jamás.
            Presenciar de nuevo esa escena vulneró su autoestima, tal y como, suponía, ellos pretendían. Sabía que aquello era un intento por minarle psíquicamente, por hacerle sentir inútil y fracasado, sin fuerza de voluntad. Y en cierto modo, para su desgracia, lo iban a conseguir.

            El cansancio pudo con él y se quedó dormido en el suelo. Cuando despertó dentro de la celda había un plato con comida. No sabía muy bien de dónde provenía, pero no la iba a hacer ascos. Mientras se levantaba miró la pared acristalada. Era la misma escena que el día anterior. Se repetía de nuevo exacta, gesto a gesto, y aunque no podía oírles sabía que pronunciaban las mismas palabras. Al día siguiente volvió a ocurrir lo mismo. Se dio cuenta, desesperanzado, de que no podría librarse de aquel recuerdo en tanto estuviera encerrado allí. Tal vez se acostumbraría, tal vez lo acabase ignorando como un autómata, quizás lo peor que sacaría de todo aquello sería una cierta insensibilidad, carencia de sentimientos. Tal vez sería así.
            No fue así.

¿Cuántas veces lo habré visto?, pensó mucho tiempo después. Llegó a la conclusión de que miles. Había visto el peor día de su vida repetirse miles de veces ante sí. Era una tortura. No cabía ninguna duda. No podía ser de otra manera. Sin embargo no tenía sentido que lo fuera. Se tortura a un prisionero con una finalidad, que confiese un crimen, que delate a otro, pero nunca le pidieron nada. De hecho desde que entró ahí no había visto a nadie, a nadie salvo a ella, discutiendo una y otra vez con él, reprochándole su frialdad, su falta de cariño. No, no discute contigo, razonó. Eso ya pasó. Tratan de enajenarte, de volverte loco.
            Loco.

            A su mente vino otro recuerdo. La primera vez que oyó que seres de las estrellas habían establecido contacto no pudo creerlo. Siempre le pareció una patraña, una falacia tal posibilidad. Debido a eso fue de los que más se maravilló cuando vio las naves aterrizar, lentas, sigilosas, dando a entender que aunque los acontecimientos avanzasen con calma lo harían de modo irreversible. Sintió miedo a lo desconocido, a ver cosas que nunca antes se habían visto, cosas increíbles, cosas terribles. Una punzada de desconfianza le recorría, le hizo recelar desde el principio. Las dificultades del idioma complicaron las relaciones, las hicieron lentas, complejas, cuidadosas, medidas con precisión total. Los visitantes dieron a entender que eran exploradores, que sólo querían catalogar nuevos mundos y que a cambio ofrecían toda su ciencia y conocimiento. Sin embargo algo no encajaba, eran demasiado altruistas, demasiado omnipotentes, demasiado perfectos.
            Pasó el tiempo y vinieron más naves. La acogida fue buena, pero tras esas llegaron más, y más, y más. Los más listos supieron darse cuenta pronto de lo que ocurría, que a pesar de su avanzada tecnología carecían de planeta propio, tal vez destruido por una guerra entre los suyos. Un sector de la población, en el que él encajaba, se mostró hostil y dispuesto a defender el planeta, conscientes de que se preparaba una inminente invasión. Y entonces las relaciones y buenas maneras dieron paso a las armas. Sin embargo los invasores estaban mejor preparados. Tal vez se debía a que su desesperación les hacía fuertes y no tenían nada que perder. Iniciaron una persecución de todo elemento contrario a ellos y su dominio. Fue entonces cuando le cogieron. Había dejado su casa —la misma que terminó por aborrecer con todas sus fuerzas— para huir lejos, esconderse en zonas de difícil acceso. Pensó que tenía que haber algún grupo de resistencia, un movimiento antiopresor, pero no encontró nada, aunque ellos sí le encontraron. Le llevaron a una de las nuevas ciudades que estaban levantando y le sedaron. Cuando despertó se encontraba en aquel cubículo de pesadilla.

            Llegado un punto deseó ardientemente morir. Envidió a todos aquellos que sucumbieron en las primeras oleadas, la mayoría sin saberlo, contentos, felices, ignorantes de lo que venía encima. Pensó qué habría sido de ella. Tal vez fue una de los que cayeron. Tal vez huyó y se puso a salvo. La envidió también, porque sea lo que fuere que la pasara no podía ser peor que aquello. Nada podía ser peor que aquello. Nada.
            Me han arrebatado la vida, me han arrebatado la existencia, pensó.
            No voy a mirar.
            No voy a mirar.
            Pero miró. Y se maldijo una vez más.

            Estuvo planteándose la mejor manera de morir, la menos dolorosa. Había oído que la muerte por inanición era horrenda, lenta y agónica, por lo que la desechó. Podía matarse a base de golpes, pero no tenía con qué. El plato no era lo suficientemente contundente, y estaba demasiado débil como para lanzarse contra las paredes. Hasta la muerte le habían quitado. Si le habían quitado la vida y la muerte, ¿dónde le dejaba eso? ¿Qué era lo que le quedaba?
            Poco a poco comenzó a olvidar que aquel lugar que veía siempre a través del cristal era su casa. Olvidó que hubo una invasión. Olvidó que alguna vez había sido libre. Olvidó su propio nombre. Pero hay una cosa que no olvidó.
            Un día, estando como ya siempre estaba, acurrucado en una esquina mirando al suelo, menos vivo que una planta, oyó un ruido. Le sonó estruendoso, atronador. Con el poco sentido de la cordura que conservaba se dio cuenta de que era porque nunca solía oír nada, y por tanto se había acostumbrado al silencio total. Debería haber significado una novedad increíble para él, un cambio radical en su hábitat. Pero no se movió. No se inmutó. Ya todo le daba igual. Los sentidos para él no suponían ninguna garantía, en esa celda todo era falso, todo era mentira, incluso él mismo. De repente notó que alguien le tocaba. No hizo ningún caso, como le ocurrió con el ruido. Pero era un tacto familiar, deseado.
            Se movió lentamente, vio a alguien a su lado y se echó violentamente hacia atrás. Era ella. No podía ser ella. Tenía que ser otra trampa, otra mentira, otra tortura.
—¿Qué es lo que te han hecho? —dijo.
—Aléjate —respondió él con voz débil por la falta de uso—. No eres real. Estás en mi mente.
—Soy yo. Soy real. Déjame explicártelo.
—¡Aléjate! —chilló.
Se arrastró contra la esquina contraria. Ella fue consciente del calvario que había pasado y se compadeció de él. Decidió esperar y tener paciencia. Tiempo no la iba a faltar.
Paso a paso, fue recuperándole del infierno. Le enseñó a andar, a recuperar el habla y las fuerzas, le recordó quién era, por qué estaba allí y quién era responsable de su situación. Y por encima de todo, le devolvió la dignidad. Llegó un momento en que podía decirse que estaba casi recuperado, aunque esa es una palabra amable, pues difícilmente nadie puede recuperarse de algo así. Ella supo que ya podía contarle qué hacía allí.
Publicado por JAVIER el 7 jul 2013 0 comments [Más...]
 Con esta entrevista finalizamos la serie dedicada a los autores de la Editorial Kelonia, realizadas por Carmen Cabello.

Obra: Butterfly 



Pregunta:¿Cuál es la decisión más difícil que has tomado en tu novela? 

Respuesta: Darle una estructura de ópera sinfónica a cada una de las entregas y hacer de Butterfly una obra viva, que número a número se retroalimenta de las opiniones de los lectores.
Publicado por JAVIER el 6 jul 2013 0 comments [Más...]
Autor: Alberto Morán Roa
Obra: El Rey Trasgo – La Ciudadela y la Montaña

Entrevista; Carmen Cabello
 
Pregunta: ¿Cuál es la decisión más difícil que has tomado en tu novela? 

Respuesta: Terminarla. Decir “ya está, no la reviso más”. Meter mi mensaje en la botella, poner el corcho y tirarla al mar.

Publicado por JAVIER el 5 jul 2013 0 comments [Más...]

La Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU ha convocado la XXV edición del certamen literario de Ciencia Ficción Alberto Magno, el concurso más antiguo del Estado(*) sobre Ciencia Ficción y Fantasía. El plazo para la presentación de los relatos, escritos en euskera o castellano, se prolongará hasta el día 4 de noviembre de 2013, un mes más que en ocasiones anteriores.

La entrega de los premios de esta XXV convocatoria tendrá lugar el 20 de diciembre en el marco de un acto especial fin de año, y en paralelo con la celebración de otros actos, entre los que se encuentran charlas y proyecciones de películas del género de ciencia ficción.
Publicado por Lino Moinelo el 4 jul 2013 0 comments [Más...]
Hay un gran problema a la hora de hacer películas “como las de los ochenta”: ya no estamos en los ochenta. Parece una perogrullada, pero es la razón por la que J.J. Abrams no ha conseguido hasta ahora filmar una buena película. Los años ochenta han pasado, las ensaladas de referencias nos saben a poco y, lo más importante, la mimesis no empareja nada bien con la grandeza.



Donner, Carpenter, Spielberg, Reitman, Dante, quien se te ocurra; ninguno de ellos quiso rodar una película que se pareciera a otra anterior. Solo pretendían rodar buenas películas. Películas comerciales, sí, y hasta es discutible si lo consiguieron en todos los casos, pero lo que no me puedes poner en duda es lo siguiente: las recordamos. Te doy hasta el final de la reseña para acordarte del nombre del niño de "Super 8". Sin google, no me seas listo.

Cuando intentas agradar a todo el mundo, lo más probable es que todos te acaben odiando. Ese debería ser el epitafio en la tumba de Abrams. O al menos en su carta de despido. "Star Trek" es un juguete caro que se desmonta en cuando lo sacudes un poco. Hay momentos para trekkies, otros para fans de Bond, otros para quienes echamos de menos las conversaciones de C3P0 y Arturito, otros para las chicas que nos volvemos locas por Sherlock. Joder, hay hasta una zagala en bikini por-la-pu-ta-ca-ra. “Errática” es una de las formas más amables de describir su historia. “Sin alma” se acerca más a la verdad.
Publicado por JAVIER el 1 jul 2013 9 comments [Más...]
After Earth (USA-2013) Director: M. Night Shyamalan, Producción: Caleeb Pinkett, Jada Pinkett Smith, Will Smith, M. Night Shyamalan, Guion: Will Smith (argumento), Gary Whita, M. Night Shyamalan, Música: James Newton Howard, Fotografía: Peter Suschitzky, Diseño de producción: Thomas E. Sanders, Vestuario: Amy Westcott. Interpretes : Will Smith, Jaden Smith, Sophie Okonedo, Zoe Kravitz, Isabelle Fuhrman (sin acreditar).

Todo queda en familia. 

 
Desde hace unos pocos años, Will Smith, estrella infalible de la taquilla internacional parece empeñado en lanzar a la gloria a su hijo mayor Jaden Smith, casi un clon del padre por su asombroso parecido físico y que parece destinado a sustituirle de cara al protagonismo de sus películas en menos tiempo del que se adivina. 

Con su señora madre (Jada Pinkett) ejerciendo de productora y su progenitor cubriéndole las espaldas de un entorno tan hostil a los infantes como es Hollywood, adicto a explotar posibles estrellas hasta reducirlas a juguetes rotos en muchos casos, Jaden tiene suerte. Otro cantar es la acusación por parte de sus detractores de que esa suerte le viene grande y que está muy verde para aguantar todo el peso de un largometraje a sus espaldas, apoyándose constantemente en el carisma de su padre. 

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