A donde sólo la imaginación puede llegar
no lo esconde. La guerra interminable se publicó en 1974, por un norteamericano excombatiente de Vietnam. Esto nos dice mucho sobre el contenido de la obra: por un lado, la guerra se presenta como algo estúpido, y, por otro, las preocupaciones y ensoñaciones hippies propias de la época tienen un lugar principal en la obra.
El protagonista despierta en la habitación de un hotel. Ha sido una larga convalecencia inconsciente. Durante su sueño, el mundo ha cambiado a peor. Es el Apocalípsis; sí, ese momento en el que todo lo que conocíamos ha pasado a otra vida, hay reglas nuevas, y la gente se rige por la simple norma de sobrevivir utilizando la violencia si es necesario. La importancia de los conocimientos y las profesiones cambia. Y del Hombre renace aquello que le convirtió en el rey de la creación. No; no es The walking Dead, ni 28 días después. Es "El día de los trífidos" (1951).








Dos autores. Fue lo primero que me llamó la atención. ¿Cómo pueden escribir dos personas una novela? Entiendo la colaboración en un ensayo, en un temario académico, pero en una novela no me acaba de encajar. Vale; ya sé que hay de todo, lo acepto. Además, el que más me llamaba la atención de los dos escritores era Kornbluth. Murió con 35 años, casi el mismo número de seudónimos que utilizó. Pegado a Frederik Pohl, uno de los más grandes, perteneció al grupo de literatos conocido como “The Futurians”, junto a Asimov, Damon Knight y James Blish. El nombre que se dieron, seguro que por deformación profesional, me recuerda al de aquellos fascistas italianos de Marinetti, también de principios del siglo XX, que tomaron el nombre de “Futuristas”. En fin.
El cine y la literatura nos han contado el futuro fin de la Humanidad. En la mayoría de los casos está causado por un conflicto bélico -preferentemente atómico y/o biológico-, un cambio climático -qué bien se queda uno siendo políticamente correcto-, o una pandemia -con muertes definitivas o reversibles, me refiero a los siempre juguetones zombies-. Por supuesto, la CF ha añadido las invasiones alienígenas, que tuvieron su momento culminante en la añorada Edad de Oro, o la dominación robótica, o el terrible meteorito que se estampa contra el Planeta. Normalmente las obras de temática postapocalíptica contienen una moraleja. Esta novela corta de Jack London pertenece a este género, en concreto a aquellas cuyo elemento central es una epidemia, sin que el autor pueda resistir a la tentación de endosar al lector alguna que otra moralina política.
¡Esto es Esparta! Los niños eran apartados de sus madres a los siete años de edad, momento en el que se entregaban al Estado para una educación al servicio de la defensa de la comunidad. Agrupados bajo la severa vigilancia de los más experimentados, ocupaban su infancia en prepararse para la guerra. Los maestros llenaban incansablemente sus horas con pruebas de resistencia y juegos destinados a endurecer cuerpo y espíritu. La vida en familia apenas existía, y la falta de afecto la llenaban con la camaradería en su más amplio sentido. Claro que en la Hélade tomaban los nombres de Pausanias o Leónidas, y no Ender o Alai.