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Relato: La Película de tus sueños (Juan de Dios Garduño, ilustración Juan Raffo)

Por JAVIER a las 19:02 el viernes, 7 de junio de 2013 0 comentarios


La película de tus sueños

Texto; Juan de Dios Garduño Cuenca
Ilustración; Juan Raffo
(Publicado en la revista Planetas Prohibidos #1)







ROBERTO

La vida es una puta mierda.
Esa era la máxima diaria de Roberto. La gente parecía no querer darse cuenta de ello. Vivir en la ignorancia, respirar hipocresía. Pero tarde o temprano todo el mundo se decía esa frase por dentro y no una, sino cientos de veces. Y quizá todo fuese mejor así, y que la gente tuviera vanas esperanzas de tener una felicidad perpetua, pero él no podía evitar ser fiel a sí mismo y saber que la vida nunca le daría nada.
Roberto llegó a su casa después de trabajar, con el sol saliendo por el horizonte. Arrojó las llaves encima de la mesa y se dirigió al baño.
 Era guarda de seguridad nocturno en una fábrica textil. Que eligiera ese trabajo no había sido casualidad, él no quería el contacto humano y pasar allí las noches a solas era lo mejor a lo que hubiera querido aspirar. Y si algún día llegaban unos ladrones y lo mataban, bueno, más se perdió en el incendio de la Biblioteca de Alejandría.
Se quitó las botas y el uniforme y se metió en la bañera con un libro de terror. Le encantaba hacer aquello en invierno. En aquellos momentos se encontraba leyendo “Fantasmas” de Dean Koontz, y le estaba pareciendo una jodida obra maestra.
Cuando salió de la bañera se encontraba ya medio amodorrado. Se puso unos calzoncillos bóxer de color azul y se dirigió a su habitación.
Cada vez que entraba en ella, el orgullo le embargaba. Su colección de novelas de terror era inmensa. Títulos de Lovecraft, Poe, Ambrose Bierce, Hodgson, Stocker, Sherida Le Fanu u otros más contemporáneos como Stephen King, Ketchum, Koontz o Richard Matheson llenaban sus estanterías. Tenía miles y miles, era su único vicio. Y lo cierto es que también eran sus únicos amigos, familia o pareja.
No había otra decoración en su austera habitación.
Se tumbó en la cama, le encantaba mirar los libros y recordar los buenos momentos que algunos de ellos le habían hecho sentir y también observar curioso los que aún no había leído y preguntarse qué tipo de sensaciones le harían vivir.
Agarró uno de Clive Barker del que había oído hablar maravillas: Libros sangrientos. Le encantaban los relatos de este hombre y aquel era un libro de relatos. Comenzó el primero, pero aquel día estaba demasiado cansado y no concluyó el primer capítulo, sino que se quedó dormido antes.


FAYNA

—¡Rápido, rápido! —gritaba el director— ¡Que ya viene, joder!
Fayna ocupó su puesto de figurante a toda prisa. Los maquilladores salieron pitando, los actores ocuparon su sitio. Todo el mundo obedecía al director con suma presteza. Nadie se atrevía jamás a contradecirle en nada.
—¡Carlos, en cuanto le veas entrar avisa! —dijo después, refiriéndose al actor principal.
—¡Ya entra a escena, ya entra! —contestó éste.
—¡Acción! —gritó el director y todos comenzaron con la escena.
El protagonista entró, vestido de traje gris, con sombrero de fieltro. Fayna le vio por primera vez ya que antes había estado de figurante en otra película y ahora era nueva en ésta. Era guapo, muy guapo y parecía desprender un hálito de simpatía y bondad que le hizo quedar prendada enseguida. Pero al momento se percató de que no estaba cumpliendo con lo que se le pedía que hiciera en su pequeño papel y era el de parlotear con otra figurante y sin mirar al protagonista.
Ella en realidad, al igual que muchos figurantes, no conocía el argumento de la película. Los directores solían hacer esto para evitar filtraciones. Así que por lo que pudo ver un poco por allí, aquella película iba de gánsters.
El protagonista mató a unos cuantos y huyó en un coche. Durante un breve instante, mientras éste se montaba en el vehículo y huía a toda prisa por entre las calles de San Francisco, sus miradas se cruzaron. Y ella bajó la cara, sonrojada mientras que todo el set aplaudía y felicitaba al director por su buen hacer.


ROBERTO

Cuando despertó fue a lavarse la cara con agua fría.
¿Pero cómo puedes ser tan feo, tío?
Esta pregunta, esta maldita pregunta le perseguía y le perseguiría por el resto de sus días. Se la había hecho el guaperas del instituto cuando él apenas tenía dieciséis años y era un chico lleno de espinillas y miedos, introvertido y huidizo.
Ahora, la pregunta volvía a él cuando se miraba al espejo cada mañana.
No sabía exactamente de dónde provenía su fealdad. Si observaba sus ojos no los veía feos, si miraba su nariz ésta no parecía estar mal, si estudiaba su frente, sus mejillas, su barbilla… nada parecía ser desagradable a la vista. Pero si observaba el conjunto de todos ellos estaba claro que algo fallaba. Más ahora, que con 34 años ya no conservaba la lozanía de sus rasgos porque además, envejecía mal. Cualquiera que le hubiera conocido le echaría más de cinco o diez años de la edad que tenía. La alopecia comenzaba a despoblar su cabeza, la barba se le había vuelto grisácea y la barriga cervecera  había llegado hacía ya algunos años para no marcharse.
El reloj de su muñeca pitó. Las seis de la tarde. Tenía cuatro horas para comer, ducharse, leer algo, ver alguna película gore y marcharse al trabajo.
El teléfono sonó y lo dejó sonar. Fue al frigorífico y cogió una pizza de atún y tomate y la calentó en el microondas.
A las diez en punto, el guarda de seguridad aparcaba su moto junto a la garita de entrada de la fábrica textil. Luego, sustituyó a su compañero en el pequeño cubículo.
—Que tengas buena guardia, bicho raro —le dijo Leonardo. Las pantallas del círculo cerrado de cámaras de televisión le iluminaban el rostro. Por lo demás, el habitáculo permanecía a oscuras.
Roberto le hizo un gesto a su compañero con la cabeza, lo que a su modo de ser significaba: Vale, tío, no me des la lata y déjame solo.
Las horas pasaron entretenidas mientras que leía bajo la tenue luz de un viejo flexo la novela “La máquina del tiempo”. Su cuerpo se había acostumbrado a estar despierto durante la noche y por mucho que leyese, la morriña no le afectaba, sino que hacía acto de presencia cuando el sol salía.
A las siete vinieron a suplirle y él se fue a casa.


FAYNA

Fayna participó en varias producciones más. Sobre todo en cortometrajes. Tenía la vana esperanza de que algún día algún director la descubriera y la encumbrara. Entonces sería una de esas grandes actrices, que incluso se podían permitir el lujo de elegir películas para protagonizar.
Cuando llevaba un rato ensimismada, construyendo castillos en el aire, un gran tornado llegaba y derribaba los muros construidos de esperanza.
Ella no podía ser una actriz tan glamurosa como las estrellas a las que admiraba porque, aunque era guapa, le sobraban algunos kilos, no muchos. No era obesa, pero hubiera dado lo que sea por tener la figura de una modelo.
—¡Hola, Fayna!
Ella se giró y sonrió al ver a una compañera con la que había coincidido en varios rodajes. Catalina. La saludó efusivamente.
—Y bien, ¿qué toca hoy? —preguntó Fayna, curiosa.
La amiga se acercó a ella para susurrarle.
—No sé, pero creo que hoy nos han llamado para hacer de figurantes en una gran superproducción…
—¡No jodas! —exclamó Fayna sorprendida y alegre.
—Psssshh —le indicó Catalina  con un dedo en los labios—, no levantes la voz.
—¿Y sabes de qué va el argumento?
—Bueno, no me hagas mucho caso. Pero algo he escuchado. Se rumorea, según otra figurante que es amiga del director de fotografía, que la película trata sobre una máquina del tiempo.
—¡Joder! —exclamó ella bajito y abrazándose a su compañera.
No tardaron mucho en pasarle parte del guión, más en concreto la escena en la que ella aparecería. De nuevo su corazón se llenó de alegría. Tenía que interpretar a una florista con un puesto ambulante de flores al que se acercaría el protagonista con una bella actriz del brazo y le comprarían una flor. Ella sólo tenía que decir “gracias”. Pero, ¿y qué? Era lo más importante que había hecho en su vida y sonreía como una colegiala ante el primer beso de su primer novio.
—¡Bueno, bueno, vamos ocupando nuestros sitios, señores y señoritas! —gritó el ayudante de dirección con el magnetófono.
Ahora ella temblaba de pies a cabeza. Tenía que darlo todo de sí. Aparentar ser una agradable florista y que la única palabra que tenía que pronunciar sonara de manera convincente. No querría ni imaginar la bronca del director si lo hacía mal.
Al poco llegó el director. Dio algunas directrices y todos ocuparon su puesto. Tanto detrás como delante de las cámaras. Hubo unos momentos de silencio hasta que él gritó:
—¡Acción!
Fayna comenzó con su papel, así que arreglaba un poco las flores. Disfrutaba de ello de verdad, puesto que eran frescas y hermosas. Por el rabillo del ojo vio como el protagonista se acercaba. Una dama agarrada de su brazo miraba hacia los lados, sonriendo y asintiendo con la cabeza. Admirando la conversación de su acompañante.
Cuando llegaron a su puesto ella levantó el rostro. Su corazón comenzó a palpitar violentamente y sus ojos se abrieron como platos.
Era él. El gángster del anterior largometraje en que había colaborado. De cerca le pareció mucho más bello.
—Buenos días, señora —le dijo el protagonista con un tono educado aunque varonil— ¿Tendría usted la amabilidad de venderme una de sus preciosas rosas rojas?
Ella le preparó una y con todo el autocontrol que pudo reunir se la entregó dándole las gracias de manera cálida.
Él la miró brevemente. Algo pareció cambiar en su rostro. Ella se consideró una estúpida pero durante unos instantes había pensado que él la había reconocido.
La actriz tiró un poco de su brazo y los dos se retiraron para seguir paseando bajo una femenina sombrilla.
Fayna siguió arreglando las flores, se encontraba algo ruborizada. Y eso que jamás pensó en lo que le iba a ocurrir.
El protagonista se zafó delicadamente del brazo de su acompañante y se dirigió de nuevo al puesto de flores.
—Perdone, ¿cómo se llama? —le preguntó con una gran sonrisa.
—Fayna, me llamó Fayna —dijo ella, tan roja como un tomate y sin saber muy bien lo que hacía.
—¡Coooooorten! —se escuchó la airada voz del director.


ROBERTO

Roberto despertó con un dolor de cuello horrible. Comenzó con su ritual de aseo, bajó al salón y allí desayunó pizza fría con batido de chocolate. Mientras desayunaba, la idea de haber tenido un sueño muy grato le vino a la cabeza.
Él nunca soñaba, o lo hacía muy de vez en cuando. Recordó que cuando era pequeño soñaba a diario, incluso tenía el don de despertarse a voluntad si el sueño no le gustaba y algunas veces retomar un sueño agradable si éste había sido interrumpido para levantarse a mear o beber agua.
Cuando acabó de desayunar retomó el libro que leía durante el día, el de Dean Koontz. Ya le quedaba poco para acabarlo y estaba deseando echarle el guante al de relatos de Barker.
Pese a que la lectura de aquel libro le fascinaba, no podía quitarse de la cabeza aquel sueño. Después de todo, le gustaba soñar y más sin en el sueño aparecían chicas guapas.


FAYNA

La bronca del director fue tremenda, y eso que ella no había tenido culpa alguna. Se limitó a cumplir con su papel… el fallo había sido decirle su nombre.
—¡Tienes que estar con los pies en la tierra! —Le gritaba su amiga, ahora, las dos solas en el camerino— ¿pero cómo se te ocurre darle tu nombre? Tú no eres nadie y él… ¡joder, él es el protagonista!
Ella tenía las manos tapándole la cara, sollozando.
—No lo sé… se me escapó, supongo.
Su amiga levantó las manos al cielo, suplicante.
—¡Pero, por Dios! —Gritó— ¿no te estarás enamorando de ese hombre?
Ella negó con la cabeza, pero había tardado demasiado.
—¡Pero si eso es imposible! —Gritaba colérica su amiga— ¡Y lo sabes!, siempre fuiste una ingenua, pero esto ya es pasarse de la raya. Ya oíste al director, si vuelve a ocurrir una cosa así te mandará a protagonizar películas de terror, y ya sabes qué significa eso, joder.
Cuando su amiga salió dando un portazo a ella le invadieron miles de sentimientos.
Por una parte todos tenían razón, ella no podía aspirar a nada en aquel cruel mundo de cámaras, luces, hipocresía, estrellas y estrellados. Ella había nacido para ocupar papeles de poca monta y desde luego que no había nacido para enamorarse de un “soñador”. Sin embargo…


ROBERTO

De repente, cada vez que se iba a dormir, se veía embargado por una grata sensación. Ahora soñaba a diario y como algo extraordinario, se había percatado de que en sus sueños, muchos de los personajes que los poblaban, se repetían.
Se dio cuenta, de que en realidad, se sentía mejor en sus sueños que en la vida real. En sus sueños él podía ser un héroe, podía ser guapo, podía caer bien a la gente. E incluso podía conocer a la mujer perfecta. La mujer de sus sueños.
Y de hecho ya creía conocerla. No era aquella rubia platino de su sueño de gángsters. Ni la morena impresionante del sueño que había tenido tan parecido a la novela de H.G. Wells. No señor, era la chica de las flores.
La había visto en varias ocasiones en sus sueños. Siempre ocupando un papel diferente a las anteriores. Pero él la recordaba como a la chica de las flores. Una chica que sin duda no destacaría casi para nadie en la vida real, porque aunque tenía los ojos más bonitos que hubiera visto jamás, le sobraban algunos kilos y tenía las caderas muy anchas. Sin embargo, a él eso le importaba poco. Él había visto dentro de sus ojos la bondad absoluta. Las ganas de ser feliz, el anhelo de agradar, el encanto de su timidez…
Decidió que era hora ya de dormir. Acababa de llegar del trabajo y ni se duchó, ni abrió un libro, ni comió. Se acurrucó en su cama y comenzó a dormir.


FAYNA

Fayna estaba hecha un lío. Cuanto más pensaba en que no debía ver más al “soñador”, más acuciante era la necesidad de hacerlo. Que se lo prohibieran era una motivación más. Pero sin embargo… había mucho en juego y tenía que ser prudente. Fue así como, aún sin poder contener la emoción que le embargaba se dirigió al plató de rodaje.
Hoy al “soñador” le habían preparado una película que transcurriría en la playa. Y ella tenía el pequeño papel de figurante en el que debía de ir agarrada de otro actor que haría el papel de su marido y disfrutar paseando junto al “soñador” que estaría tumbado en una toalla y mirando al mar.
Vio como los de atrezzo extendían una enorme playa de arena, kilométrica. Observó curiosa como con gigantescas mangueras ponían al fondo un mar precioso, azulado. El sol lo traían en una urna de cristal, la abrieron y con unos guantes especiales para no quemarse lo situaron en la parte del horizonte. Una vez hecho todo esto, los figurantes comenzaron a coger posiciones. Unos se metieron en el inmenso y azulado mar, otros se tumbaron en sus toallas, los niños jugaban, los chiringuitos abrían sus puertas y…
—¡Ahí viene, ahí viene! —gritó el ayudante de dirección.
—¡Todos a sus puestos! —gritó el director— ¡Y… acción!
Todo ocurrió como se había planeado. El protagonista llegó mirando al horizonte, sonriendo. Cuando encontró el sitio idóneo estiró la toalla y se sentó a observar todo a su alrededor. Para él era el perfecto día de playa. Pero algo en su interior, algo que comenzó por una simple intuición acabó convirtiéndose en certeza a los pocos segundos.
Se encontraba en un sueño y había alguien a quien necesitaba ver.
Comenzó así a mirar hacia todos lados, buscando entre los cientos de personas que allí había. Frustrado al no encontrarla se levantó para tener mayor campo de visión.
En ese momento pasó una pareja junto a él. No la había reconocido porque ella llevaba un gran sombrero, un pañuelo en la cabeza, gafas de sol. Venía discutiendo con un hombre algo mayor que ella, agarrada de su brazo. Cuando pasó junto a él le dijo sin mirarle:
—Toma y calla.
No entendió nada, pero aceptó la pequeña carta que ella le había dado. Se la guardó apresurado en el bolsillo y nadie a su alrededor pareció darse cuenta. La vio alejarse y acto seguido se tumbó dándole la espalda al sol. Abrió la carta, tapándola con la toalla y comenzó a leer.

Querido Roberto, amado soñador:
Este juego que hemos empezado es muy peligroso. Reconozco que siento algo por ti. Serán tus ojos, será la bondad que desprendes… no lo sé. Lo cierto es que yo no fui creada para estar a tu lado. Soy una simple figurante que desaparece cuando tú despiertas. Si albergas algún sentimiento hacia mí debes desecharlo porque todo esto es imposible. Aquí hay normas muy estrictas y yo me debo ceñir a ellas.
Sin más, atentamente.
Fayna.


ROBERTO

Despertó con un cuaderno entre sus manos y unas frases escritas en ella. Reconoció su mala letra pero también reconoció la carta que la chica le había dado en la playa. Fayna, se llama Fayna, pensó.
Llamó al trabajo, dijo que se encontraba mal y que no podría acudir, que llamaran a algún suplente.
No se había levantado de la cama, ni intención tenía. Se acurrucó, pero para desesperación suya no podía dormirse. Eran las siete de la tarde. Cuanto más intentaba quedarse dormido más desesperante le parecía el no poder hacerlo. Los pensamientos bullían en su cabeza, necesitaba verla de nuevo, contemplar esos ojos tan bellos…
Fue así como al cabo de dos horas más volvió a embargarle el sueño.

FAYNA

Para sorpresa suya volvieron a llamarle para una película de Roberto. Fue raro, apenas habían pasado unas horas, así que lo prepararon todo de manera rápida. El director dijo que sería poco más que un cortometraje. En esta ocasión el argumento convertiría al soñador en el personaje principal de una marcha a pie del ejército de tierra. Él había pertenecido al ejército, sería grato ver viejas caras aunque fuesen caretas sobre rostros de figurantes.
Así se dispuso todo y Fayna ocupó el puesto de otra de las chicas que caminaban a pie entre los cientos de soldados. La pusieron al final de la fila mientras que todos caminaban delante de ella, incluido su amado.
Abrió los ojos como platos viendo como el protagonista, con disimulo, se iba quedando atrás y miraba a ambos lados tratando de aparentar que no lo hacía. Al final, llegó hasta ella. Si la reconoció no hizo ningún gesto que pudiera demostrarlo, y cuando Fayna creía que ya se había olvidado de ella, que había desaparecido para siempre dentro de su memoria, él alargó un brazo y muy rápidamente dejó caer un sobrecito pequeño en el bolsillo de su chaqueta.
Y fue así, como sueño tras sueño, película tras película y carta tras carta comenzaron a enamorarse de la manera más enloquecida que hubieran conocido jamás.


ROBERTO

Roberto llevaba una semana sin ir al trabajo. Había perdido mucho peso, demasiado en tan poco tiempo. Su casa se había convertido en un vertedero. La poca comida que tomaba la pedía por teléfono y nunca salía a tirar la basura. La casa olía a muerto. Había dejado de comer en el salón y lo hacía encima de la cama que permanecía deshecha todo el día y llena de migajas y trozos de pizza. Ya no se acercaba a los libros, pese a que lo había intentado se desconcentraba enseguida porque sus pensamientos iban a parar a Fayna. Y cuando esto sucedía, leía y releía todas las cartas que ella le mandaba a través de sus sueños.
Pero el problema, el verdadero problema había llegado cuando se dio cuenta de que no podía dormir tanto como quería. Y de que su insomnio se estaba convirtiendo en un auténtico infierno. ¿Dónde iba a estar mejor que en sus sueños?
Tomó una decisión. Acudiría a una farmacia a por somníferos. Los más potentes, aunque sabía que si no se los recetaban no se las darían. Pero él no quería ir a un médico, él… se llevaría su pistola y atracaría la farmacia. Sí, eso es, pensó. No haré daño a nadie, sólo quiero mis pastillas…

FAYNA

Fayna vivía en una nube. Aquello era tan maravilloso que no le podía estar pasando a ella. Se pasaba las horas y las horas entre bastidores danzando y sonriendo por doquier. Ella era una mujer enamorada y correspondida en un amor prohibido. ¿Y qué si estaba prohibido? ¿Quién podría quitarle ya jamás lo que había vivido aunque fuese un amor casi postal? ¡El amor era tan grande, tan bonito!
Cuando llegó a su pequeño e insignificante camerino, notó que algo iba mal. La puerta estaba abierta y ella la había cerrado con llave. Entró y el corazón le dio un vuelco. El director tenía las cartas de Roberto en su mano.
—Ya estabas advertida de lo que pasaría. Sabes que está prohibido.
—Yo le quiero —dijo ella—. Me da igual ya lo que sea de mí, después de haber descubierto lo que es el amor.
Él la miró con ira, la agarró vehementemente del brazo y le espetó:
—Ven conmigo cursi, ya sabes lo que hay. ¿Creías que soy estúpido?




ROBERTO

No había sido tan complicado atracar la farmacia. Los trabajadores habían colaborado, sin duda amedrentados por el cañón de su pistola. Estuvo a punto de disparar a una chica de unos veinte años que le miró como asqueada. Le apuntó a la cabeza, podría hacerlo, sí. Pero al final se contuvo. Él no era mala persona, ni un loco. Al llegar a su casa arrojó el arma encima de la mesa y subió corriendo a su habitación con la bolsa negra donde había arrojado decenas y decenas de cajas de somníferos.
Agarró una botella grande de agua y fue tomándose todas las pastillas que pudo. Al momento, el sueño le embargó.


ROBERTO Y FAYNA

Nadie esperaba al protagonista tan pronto. Las alarmas habían saltado pero poco dio tiempo a preparar. Roberto se encontró en un edificio de hormigón, en obras, grisáceo. Vio a algunos trabajadores de atrezzo que estaban pintando ladrillos; estos, al ver que el protagonista se acercaba, comenzaron a huir.
Roberto se sorprendió de no ver a su amada. La buscó durante lo que parecieron horas, allí no estaba ella y lo peor es que él tenía una corazonada.
El director estaba colérico, apenas había tenido tiempo de llegar al estudio. Comenzaba a hartarse de la actitud del protagonista. ¡Aquello no estaba permitido! Cuando llegó lo encontró dando puñetazos a uno de los de atrezzo que había conseguido alcanzar. Se abalanzó sobre él.
—¡Déjale! —gritó tirando del protagonista hacia atrás— ¡jamás dirá nada!
Roberto se arrojó entonces encima del director. De un puñetazo le rompió las gafas. Luego le golpeó en la boca, haciendo que toda su dentadura se moviera.
—¿Dónde está Fayna? —gritó.
—Ya no podrás hacer nada por ella —contestó el director, riendo, con los dientes bañados en sangre.
—¿Dónde está? —repitió golpeando la barbilla del director, que crujió— ¡He dicho que dónde cojones está!
—¡Está en una producción de terror! —contestó el otro, cerrando los ojos ante el puño del protagonista—, te jodes.
Roberto agarró al hombre por los pelos y le pateó el estómago, después lo arrastró unos metros.
—Tú me llevarás hasta ella.
La voluntad del director había cedido ante el dolor. Le llevó a una puerta metálica con una señal roja en forma de X.
—Te diré una cosa —dijo el director a Roberto—. Vas a entrar en una producción que no es la tuya. Allí no eres el protagonista, no puedes actuar a tu voluntad. ¿Y sabes qué? Ojalá os pudráis ahí dentro los dos.
Roberto volvió a patear al hombre, hasta que a éste comenzó a sangrar por la boca y su mirada se volvió vidriosa. Luego abrió la puerta y entró.
Una ciudad desierta le recibió. Cientos y cientos de edificios y rascacielos le mostraron lo infinitamente pequeño que él era. Aquella ciudad bien pudiera haber sido Nueva York, sólo que ni uno de sus millones de habitantes se veía por ningún lugar.
Comenzó a andar mirando con atención todo. Negocios abandonados, ventanas cerradas que devolvían el reflejo distorsionado de su figura, y un silencio sepulcral eran los dueños de aquella desértica ciudad.
—No —se dijo. No todo era silencio. Un murmullo y una leve pero continua vibración en el suelo.
Plam, plam.
Caminó más deprisa, corrió por varias calles kilométricas aún sin encontrar el origen del temblor.
Al final él no tuvo que encontrar a nadie. Le encontraron. Los vio venir de lejos antes de oírlos, porque sus miles o quizá millones de pies arrastrándose apenas hacían ruido, más bien provocaban una débil vibración que iba en crescendo, mientras que aquellos seres sin vida, aquellos no muertos, se acercaban a él para devorarlo.
—¡Por aquí! —gritó alguien a su espalda.
Se giró y a doscientos metros de él vio a un tipo que no conocía de nada, también la vio a ella. A Fayna.
Ambos corrieron hasta fundirse en uno. Cientos de manos estaban cerniéndose sobre ellos, pero poco parecía importarles en aquel momento. El protagonista de aquella pesadilla hizo un gesto con la mano y abandonó el lugar corriendo, dejando solos a los enamorados.
—¡Tenemos que huir! —exclamó Roberto.
Ella asintió aunque no muy convencida. Tenía lágrimas en los ojos.
Roberto la agarró del brazo y comenzaron su huída. Pero fuesen a donde fuesen una legión de zombies les cerraban el paso. Sus cuerpos mutilados, destrozados, sangrantes, se aferraban al hambre inhumana que sentían para darles persecución. Y poco a poco los tuvieron encerrados entre la intersección de dos calles.
—¡Roberto! —gritó ella abrazándole y golpeándole el hombro— ¡Debes despertar, debes dejarme sola, no hay vuelta atrás ya!
Él estudiaba toda la zona con atención. Buscaba alguna salida, alguna boca de metro, algo que les ayudara a escapar de allí. Pero lo único que vio fue la entrada a un enorme rascacielos.
—No te dejaré sola nunca, no he conocido a nadie como tú antes. Estaremos juntos en esto —finalizó con determinación.
La arrastró hasta las puertas del edificio y una vez dentro comenzó a derribar todos los muebles del Hall y a bloquear la puerta con ellos.
—Eso no los mantendrá fuera por mucho tiempo —dijo ella.
—Lo sé —contestó Roberto con resignación. Sabía que aquella no era la mejor solución, pero sí la única—. Subamos a la azotea.
Subieron al ascensor. El edificio era muy alto y tardaron bastante en llegar. Cuando lo hicieron, Roberto derribó la puerta de la azotea y pasaron a ella.
Desde allí podía verse toda la ciudad. Roberto se sentó al borde del edificio. Había al menos cien metros de caída, pero no le importaba. Abajo, millones de muertos les esperaban con las manos alzadas como si fueran espectadores de una emocionante obra de teatro. Algunos ya habían derribado la puerta y entraban al edificio, sin duda eran fans inquietos que venían a saludar a sus estrellas y obtener sus autógrafos sangrantes. No había escapatoria. Le hizo señas a ella para que se sentara junto a él, en la cornisa. Fayna lo hizo.
—¿Qué será de ti ahora? —le preguntó él observando fijamente aquellos preciosos ojos.
—Desapareceré —hizo una pausa—. Para siempre.
Roberto la agarró de la mano y se la apretó.
—¿No hay otra solución?
—No.
—Me quedaré contigo, para siempre.
Ella le miró con lágrimas en los ojos. El corazón henchido de felicidad. Se acercó hasta Roberto y lo besó. Y sus almas también se besaron y sus cuerpos se fundieron en uno, un remolino de sentimientos y sentidos.
—Te quiero —dijo ella llorando.
—Te quiero —contestó él, con ojos vidriosos.
Y juntos, abrazados y mirando como el sol se ponía en el horizonte, disfrutaron durante unos instantes que parecieron una eternidad.



ROBERTO

La policía encontró el cuerpo en su piso. Leonardo dio la voz de alarma y ante la queja de los vecinos de que en el piso olía mal la policía no pudo hacer oídos sordos.
Le encontraron tumbado en la cama. Con una extraña y estúpida sonrisa en la boca y con los ojos cerrados.
Abrazaba una libreta en la que con caracteres grandes había escrito:
Te quiero.

Publicado por J. J. Arnau suscribirse a los artículos de J. Javier Arnau: Hay dos momentos claves que marcan su vida; la visión de La Guerra de las Galaxias, y la lectura de El Señor de los Anillos. Bueno, y Galáctica, y Doctor Who, y Asimov, Clarke, Orson Scott Card, Lovecrafft, Poe, Robert Howard, y Star Trek, Espacio 1999, El Planeta de los Simios (la serie),… el rock duro y el heavy metal. De vez en cuando, para desintoxicarse, se mete unas dosis de novela histórica (imaginando un escenario fantástico…). En fin, que ha tenido una vida muy marcada. Y así ha acabado, claro, ¿qué se podía esperar? (Blogs: Por Si Acaso: Previniendo Desastres, Delirios Varios, Currículum Literario)

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