
Excepto en la ciencia–ficción.
Podemos decir sin tapujos (y con orgullo) que la ciencia–ficción es el único género de los clásicos que nunca ha desaparecido de la cartelera, mostrando una salud tan envidiable que incluso ha generado movimientos sociales y estéticos, corrientes filosóficas, avances técnicos y formas de pensar. ¿O es que hay muchas películas que hayan impactado más a la sociedad que “Blade Runner”, “Matrix” o “Avatar”? La ciencia–ficción es una fuente inagotable de reediciones, DVDs, ropa distintiva y merchandising, como estelas que va dejando a su paso durante años y años, no sólo entre los frikis.
De aquellas lejanas cintas apocalípticas de los años cincuenta y sesenta, de monstruos creados por la radiación y terribles invasiones alienígenas (siempre por supuesto alegóricas de la mucho más cercana amenaza comunista), se pasó a temas alternativos llenos de imaginación, como la “Barbarella” de Jane Fonda (CF erótica de 1968), “Planeta Prohibido” (una adaptación tremendamente libre de “La tempestad” de Shakespeare), o “La Fuga de Logan”, con Michael York (una parábola sobre el abandono de la niñez). De “Star Wars” se pasó a “Encuentros en la Tercera Fase”, y del frío y despiadado “Alien” al entrañable “E.T.”, como si los alienígenas pudieran ser tan buenos o tan malos como nosotros mismos.
Ahora muchas cintas de ciencia–ficción moderna pueblan la cartelera (“Otra Tierra”, “Acero Puro”, “In Time” o la revolucionaria “EVA” (ver reseña en este mismo blog), que puede considerarse la primera gran película española de CF), pero realmente todo empezó con “Viaje a la Luna”, de Georges Méliès, que hizo nacer el género en 1902, como una inmensa compuerta que se abrió para liberar a un millón de pioneros y soñadores, enrabietados genios inspirados por la cara de la Luna con un cohete impactado en su ojo derecho (la imagen más famosa de la obra de Méliès). Tras ella vinieron las versiones de los clásicos (“Frankenstein”, “20.000 Leguas de Viaje Submarino” o la utópica “Things to Come”, basada en la novela de H. G. Wells), las obras experimentales de los años 20 y 30 (la anti–bolchevique “Aelita”, de 1924, o la perfecta representación de la lucha de clases en “Metrópolis”, de 1927), los seriales de imagen real o dibujos animados (“Flash Gordon”, “Buck Rogers”, o el propio “Superman” de los hermanos Fleischer), y las cintas de serie B que el público devoraba con una imaginación desbordante.
A la gente le gusta la ciencia–ficción, reconozcámoslo, le encanta sentarse en una butaca de cine y evadirse de sus problemas imaginando a un héroe musculoso que viaja a otros planetas y seduce a hermosas princesas alienígenas. Le apasiona debatir sobre la problemática de los robots enfrentados a sus creadores, a las paradojas del viaje por el tiempo, a la clase de sociedad futura que nos espera. Las preguntas que nos hacemos todos sobre si existe vida en otros planetas siempre han sido más fáciles de digerir en la pantalla grande (aunque eso implique generar otras preguntas, como si nuestra propia degeneración traerá consigo el desarrollo de otros seres más fuertes, como proponía la impactante “El Planeta de los Simios”, o si en realidad nos están esperando ahí fuera, aguardando a que hallemos sus señales distribuidas de forma muy concreta, como en “2001”). La historia de la humanidad ha ido siempre pareja a la de su cine más imaginativo, y ningún género ha sido tan esclavo de las modas y las épocas como la ciencia–ficción. Revolucionarios efectos especiales, crítica social, amenaza roja, infantilismo, fantasía heroica… todos han influido en el cine hasta retorcerlo, creando realidades a veces contrapuestas. Las oscuras “Dune”, “Alien”, “Depredador” y “Blade Runner”, frente al adorable “E. T.” y los amistosos seres de “Encuentros en la tercera fase”. Los terribles futuros de “Matrix” y “Gattaca”, las apocalípticas “Armageddon” y “Deep Impact”, las películas “para pensar” como “Minority Report”, “District 9” o “Inteligencia Artificial”, la hermosa “Avatar” (que no es más que “Bailando con lobos” con gigantes azules haciendo de comanches).
¿Y el futuro?


La ciencia–ficción está viva, señores, y ha demostrado que ya no es algo sólo para frikis. Es un género inmortal del que algún día hablaremos a nuestros hijos. Y con orgullo.
Gabriel Romero de Ávila
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