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| Lluvia de albóndigas |
Parece ser que
lo que el director de origen canadiense ha desarrollado no es el 3D, o al menos yo no lo entiendo así, sino una técnica para filmar y visualizar a los actores caracterizados ya como los personajes creados por ordenador, e inmersos en el mundo virtual creado previamente. No es por nada, pero esto no tiene nada que ver con el 3D, por lo menos el que nos están vendiendo. Además de que
esto ya existía, solo que se han mejorado o aligerado los dispositivos.
En esta critica de la película leída en
Cinemanet, he entendido cuál es el elemento diferenciador de
Avatar respecto al resto. Reconozco que
para contar la historia de Poul Anderson y su Joe, una de las mejores formas para sentir lo que el protagonista al estar dentro de su
Avatar, es ver tridimensionalmente con los ojos de éste cómo se desenvuelve por un planeta extraño, espectacular y, en el caso de la película, absolutamente maravilloso.
Puede que sea esto a lo que se refería
Cameron al decir que esperaba esta tecnología, para así poder envolver al espectador en un entorno de ensueño y en definitiva,
crear una adicción similar en el espectador a la que experimentan tanto
Edward Anglesey en el relato de
Anderson, como el
Jack Sully de
Avatar:
se enamoran del planeta de su huésped artificial. Es decir, los 3D son una nueva forma de ver el cine, que podría suponer un cambio similar a lo que produjo el cine sonoro.
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| «Lluvia de gafas 3D» |
Fui consciente de todo esto cuando ya por fin vi la película, meses después de su grandilocuente estreno. Para empezar, las gafas que me tocaron, las que mucho antes de esta «revolución» decidieron los responsables de la sala, eran el modelo «barato». Al poco de comenzar la proyección, el desconocido que tenía al lado se dirigió hacía mi visiblemente consternado, y produciéndome no menos alarma:
que si se veía oscuro o era el mismo (le falto decir:
¡dios mio, dios mio, que me está ocurriendooo!!). Lo cierto es que el cristal polarizado reducía notablemente la luminosidad de la proyección, cosa que comprobé durante dos o tres minutos mirando la pantalla alternativamente por encima de las gafas, y a través de ellas. Finalmente, tras estos iniciales momentos de incertidumbre y una vez la mágica cuenta regresiva que flotaba delante de nosotros dio paso a la película, ocurrió lo que me temía: además de la similitud con el texto de
Anderson, no pude evitar tener la sensación durante toda la proyección de que los
Na’vi reproducían los roles de una tribu de
apaches. El jefe de la tribu, los adornos, las jerarquías, la hechicera y además, los indios nativos de Norteamérica también vivían en armonía con la naturaleza, no la consideraban propiedad de nadie, y cabalgaban a lomos de sus monturas de forma similar. Puestos a basarse en la literatura de Ciencia-Ficción podrían haber echado mano de alguna obra del inigualable
Jack Vance y sus recreaciones de sociedades alienígenas, no en las películas de indios y vaqueros.
El responsable de este desaguisado es una persona que contrata con una empresa de tecnología 3D para las salas de cine en cuyo desarrollo no ha tenido nada que ver, la promoción de una película que se vende como si no de no ser por ella, ese mismo 3D apenas pudiera existir. Es posible que
ahora esto sea cierto en parte, gracias a su éxito taquillero, pero no deja de parecerme una de esas siempre extrañas paradojas temporales, en las que es el conocimiento futuro de algo lo que realmente lo provoca, una
singularidad temporal en la que el protagonista se saca de una chistera cualquier cosa, un
condensador de fluzo, un
Na’vi, o un impresionante contrato comercial. Y mientras logra todo esto con una empresa, simultáneamente se hace fotos con las gafas de la competencia. Todo un oportunista comercial «de Cine».

El mismo responsable que reconoce haberse basado en
todas las novela de Ciencia-Ficción habidas y por haber, nos sorprende ahora con que
va a escribir un libro precuela de Avatar. Es decir, tras haber recogido todas las ideas posibles provenientes de la literatura (y otros ámbitos) para aplicarlas a su película y cosechar un gran éxito comercial (de momento cinematográfico, poco), lo aprovecha para sacar un poco más de tajada con un libro, que ya veremos si es él el que lo escribe o qué. Pero lo peor de todo es lo que se puede leer en algún medio sobre este tema:
«contrario al habitual». Los h
ay quien los tiene bien tridimensionales. Ahora hay que reconstruir ese sentido de la maravilla con el que es conveniente acercarse a la
Ciencia-ficción que de momento, parece mantenerse en la literatura del género.
Moon (
Duncan Jones, 2009) o
Distrito 9 (
Neill Blomkamp, 2009) me han dejado buen sabor, y afortunadamente, el gran
Ridley Scott ha dejado de lado su
innecesaria precuela de
Alien, el octavo pasajero. No sabemos si hará lo mismo con el 3D, aunque lo esperamos.
Artículo publicado originalmente en el blog El Fin de la Eternidad el 19 de junio de 2010, y adaptado a esta versión
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